Este fin de semana he estado en Suiza, como seguramente ya sabéis. De hecho seguiré en el país helvético hasta esta tarde. La boda de Hans fue bastante bonita, teniendo en cuenta lo sobrias que son las ceremonias protestantes.
El banquete un poco minimalista, como de costumbre conociendo a su familia. Los padres de hans han sido tan encantadores como la primera vez que me invitaron a su casa y pasé con ellos todo el mes de agosto. Hasta nos prestaron su barco para dar una vuelta por el lago Zurich. Hans no es tan bueno navegando como su padre, pero no la hace mal, al menos en "un mar de mentira".
Rubén se marea en el barco más que en el avión, lo cual fue una sorpresa incluso para el mismo. Cuando estuvimos a solas Heidi me preguntó si había habido algo entre Hans y yo. Para variar le conté la verdad. Le dije que casi lo hubo cuando teníamos quince años, pero yo le dí calabazas y me acosté con su mejor amigo. Ellos se pelaron y dejaron de ser amigos, aunque en realidad no eran tan amigos. Nosotros nos dejamos de hablar hasta que su padre me invitó a pasar un mes con ellos y retomamos nuestra amistad. Si fue bonito aquello y nuestra amistad durará siempre, pero no hay nada más.
El domingo volvimos a Winterthur a comer con los padres de Hans y después fuimos a casa de Hans. Vive muy cerca del estadio de Letzigrund y había montones de fans del fútbol que llenaban todos los bares para ver el partido.
El fútbol es la única cosa que puede hacer que los suizos socialicen en un bar, lo digo en serio. La mayoría de locales donde comer algo en Zurich son cafés con mesas alargadas, donde la gente se sienta a tomar algo compartiendo mesa con desconocidos mientras lee la prensa y no hablan entre ellos.
Nos cruzamos con dos grupos de españoles que iban dando gritos, pero no nos unimos a ellos.
Anécdotas hay muchas, pero estoy cansada para contarlas. Dentro de tres horas tengo que coger un vuelo.
Un beso.
